Los hombres no quieren casarse… ¿hasta dónde llega el problema?

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Traducción de un vídeo y un artículo de GirlWritesWhat, transcrito por A Voice for Men.

Un amigo mío se puso como loco tras leer un artículo escrito por alguien que, supongo, era una mujer tradicionalista; intentaba averiguar “qué narices les pasa a los hombres de hoy en día”. Como tantas tradicionalistas y feministas antes que ella, no acierta ni por asomo, aunque logra acercarse un poco a algunos problemas importantes que actualmente disuaden a los hombres de convertirse en los robots felizmente casados que deberían ser.

A pesar de ser muy crítico con algunas actitudes feministas que considera (acertadamente) anti-masculinas, el artículo era absurdamente ginocéntrico. Básicamente hablaba de lo que quieren las mujeres, y daba por hecho que los hombres “deberían” hacer lo que quieran las mujeres, y cuándo ellas quieran. Es decir: casarse y tener bebés cuando ella quiera y porque ella quiera. Me pregunto si la escritora, antes de escribir su artículo, se molestó siquiera en preguntar a algún varón soltero POR QUÉ se niega o no le interesa “ser un hombre” y dar el paso.

Pero por lo menos exploró superficialmente el hervidero apestoso en el que se ha convertido la naturaleza sistémica del “problema”, aunque no fue tan exhaustiva como el asunto se merecía. Su conclusión fue la siguiente: “¿Para qué vas a comprar una vaca si la leche te la dan gratis? ¿Y para qué vas a buscar un buen trabajo si las mujeres son tan independientes que te pueden dar la leche a cambio de nada?”. Ambas conclusiones son críticas veladas al comportamiento femenino (existe gente lo bastante valiente como para culpar a las mujeres de sus propios problemas), pero no examinan verdaderamente ninguno de esos problemas.

Así que voy a intentar hacer un resumen global de un problema que considero que se ha vuelto polifacético.

Un reciente artículo de Heartiste reveló muchas cosas, y además con estilo literario (perlas de sabiduría de ese pozo de nihilismo social que es la comunidad de “artistas de la seducción”). Voy a citar sólo algunos fragmentos relevantes, y dejar un enlace al artículo:

“Si quieres saber por qué los hombres huyen del matrimonio, de los hijos y del papel de proveedor beta, uno de los motivos principales es que las mujeres disponibles para estos hombres de clase trabajadora son, sencillamente, repugnantes. Míralo tú mismo. ¿qué hombre mentalmente saludable y con una libido funcional querría cortejar y salir, ya no hablemos de casarse, con una montaña pustulenta, bestial, tambaleante y cubierta de tatuajes, con otros tres hombres ladrándole y lamiéndole las patorras?”

Y no olvidemos que las mujeres económicamente empoderadas y financiadas por el gobierno, que son esclavas de su hipergamia y buscan compañeros de mayor estatus que el suyo, no pueden hacer otra cosa que examinar y tamizar el grupo de hombres que consideran como “material de matrimonio” aceptable. Cuando las mujeres dicen que “ya no quedan hombres buenos”, el observador astuto escucha “ya no quedan hombres buenos, gracias a la combinación del aumento de mis expectativas y el descenso de mi atractivo”.

Más abajo, dice:

“[…] para los sociólogos de cuento de hadas, producidos en masa, que estudian las tendencias matrimoniales y entregan estudio tras estudio de tonterías mediocres: existe todo un mundo ahí fuera. Es el mundo de los hombres, y en ese mundo, los deseos de los hombres importan. Deberíais pensar en incorporar esa fea realidad a vuestras teorías.”

Oye, Heartiste, ¿por qué no nos dices lo que sientes tú en realidad? A pesar de que ese fragmento es bastante despiadado, plantea varias ideas muy importantes. Creo que la más importante es que LOS DESEOS DE LOS HOMBRES IMPORTAN. Si los hombres no encuentran mujeres con las que ELLOS deseen emparejarse, ¿por qué iban a hacerlo?

Y creo que es importante indicar que el estado de nuestras leyes de divorcio y nuestro derecho familiar juega un papel ENORME en ese desprecio masculino por el matrimonio como institución; un desprecio que va en aumento. No es que los hombres tengan fobia al compromiso. Es que las mujeres son cada vez más incompatibles con el compromiso. De hecho, la palabra “compromiso”, en el habla femenina, ha pasado a significar “hasta el momento en que no esté satisfecha al 100% con la persona con la que me he casado”. Y esa actitud sólo llevará a más y más divorcios, a medida que cada vez más mujeres de éxito coloquen el listón más alto de lo recomendable, cuando su juventud y su atractivo se desvanecen, lo que lleva a muchas de ellas a sentir que se han tenido que conformar, incluso aunque no sea así; incluso aunque hayan conseguido a alguien 2 puntos por encima de ellas en la escala de atractivo.

Y es curioso que a nadie, y mucho menos a las mujeres, les importe una mierda lo que los HOMBRES desean en una pareja. “¿Por qué no se pueden contentar los hombres con lo que hay disponible?” Veamos lo que tiene a su disposición el hombre “medio” de unos 30 años: una mujer de 35 años que da el sí mientras escucha el tictac de su reloj biológico, y es incapaz de contener una mueca por haberse tenido que contentar con un perdedor, en comparación con los 5 tíos a los que dejó cuando tenía 20 años; o una divorciada que ya está acabada económicamente y es emocionalmente incapaz; o una madre soltera que va cobrando pensiones alimenticias de un pobre infeliz, mientras el otro padre consigue evadir sus obligaciones porque es traficante de drogas y no cotiza lo que cobra.

Sí, estoy exagerando, pero entendéis lo que quiero decir.

Y es verdad que no todas las mujeres son así. Pero sinceramente, parece que hay un consenso entre las mujeres de hoy en día para que esta situación haya pasado a aceptarse como algo normal. Incluso las mujeres responsables considerarán que las decisiones destructivas de otras mujeres son válidas y defendibles. El sentimiento general es que los hombres tienen que “ser hombres” y seguir el programa informático “Emparejarse 2.0: ¿Qué más da lo que quieran los hombres?”; en resumen, que el comportamiento y las decisiones de una mujer no deben tener efecto alguno en su capacidad para atraer a un hombre bueno y responsable. Todo esto no habla muy favorablemente de los valores de las mujeres, ni siquiera de las mejor situadas. De hecho, diría incluso que cuantas menos voces femeninas razonables haya, mayor será la probabilidad de que los hombres descarten por completo la sola idea de emparejarse.

Pero creo que el problema va más allá de los “antecedentes” de la mujer soltera media; más allá del peligro de acabar formando parte de las estadísticas de hombres arruinados económica y emocionalmente, con acceso a sus hijos sólo un fin de semana de cada dos; hay algo más que hace que los hombres no quieran “ser hombres”.

Pienso, por ejemplo, en las Chicas de la Pluma Blanca. Para quienes no sepáis de lo que hablo, se trataba de un grupo de mujeres jóvenes británicas que, durante la primera guerra mundial, daban una pluma blanca, marca de cobardía, a todos los hombres que veían vestidos con ropas civiles, para avergonzarlos y que se alistaran para la guerra.

Y cuando pienso en lo vulnerables que eran muchísimos hombres a ese tipo de estrategias de humillación y vergüenza —lo bastante vulnerables como para alistarse en una guerra que mató a 10 millones de personas, sólo para conservar su hombría a ojos de mujeres a las que no conocían de nada—, no me puedo creer que los riesgos del matrimonio (por terribles que sean) hayan sido los únicos culpables de que los hombres se hayan vuelto insensibles a ese tipo de tácticas de humillación que utilizan tradicionalistas y feministas (que parecen estar cada vez más desesperados por obligar a los hombres a volver a sus viejos roles).

Creo que el elemento esencial de este problema está en la identidad masculina positiva. La identidad masculina casi siempre gira en torno a hacer, en vez de ser. Ese “hacer” casi siempre ha tenido que ver con “ser útil” en un contexto exclusivamente masculino. La utilidad de la mayoría de hombres, a lo largo de la historia, ha consistido en el aprendizaje y el dominio de habilidades “masculinas”; de encarnar un papel masculino al servicio de las mujeres o la sociedad. En un pasado más turbulento, esos roles tenían, obligatoriamente, que realizar un servicio valioso para las mujeres o para la comunidad, un servicio que las mujeres no podían hacer por sí mismas, o que no se debía esperar de ellas.

Este es el camino más habitual hacia una identidad masculina positiva, porque los hombres no tienen un mecanismo de preferencia por su propio grupo.

Dicho en pocas palabras: los hombres no se identifican con otros hombres de forma automática, sólo por ser hombres.

Las mujeres sí que tienen esa preferencia, lo que les da una habilidad natural para cooperar, para identificarse con otras mujeres, y buscar el consenso a través de su potente mecanismo de preferencia por el propio grupo, basado exclusivamente en el género. Si tenemos en cuenta cuál ha sido su rol de género durante la mayor parte de la historia de la humanidad, ese mecanismo tiene mucho sentido. Su valor individual como (dicho bruscamente) reproductoras implica que, en un contexto de supervivencia, no se podía descartar a una mujer sin un motivo de peso. Se hacía lo necesario, cuando era oportuno, para mantener el mayor número posible de mujeres dentro de la hermandad. Por eso en los espacios femeninos se le da tanta importancia al “tono”, a “ser amable” y “llevarse bien”, a pesar de los desacuerdos. Tiene que ver con el nivel de comodidad y el sentimiento de aceptación.

Sin embargo, los hombres carecen de ese mecanismo de preferencia por la masculinidad, cuando está basada únicamente en la masculinidad. Y tiene muchísimo sentido, si consideramos los papeles del hombre en los últimos dos millones de años (más o menos): papeles que a menudo consistían en machacar a los tipos del otro lado del valle cuando amenazaban a sus mujeres e hijos, y competir contra otros hombres de su propia comunidad para tener expectativas de reproducción. Teniendo en cuenta esos papeles, es evidente que tomar partido automáticamente por el propio género y en contra del género opuesto… no encajaría.

Y con esto no quiero decir que los hombres no sean capaces de manifestar preferencia por su propio grupo; es sólo que cuando lo hacen, dicha preferencia no se puede basar únicamente en la masculinidad. Tiene que haber un propósito común, unos ideales comunes, un deber o una causa común, un esfuerzo común o una posición jerárquica común.

Los hombres son capaces de identificarse con otros hombres y “jugar en equipo”; se puede ver en las iglesias, en los ejércitos, en las fraternidades, en los equipos e incluso en las hinchadas deportivas, los partidos políticos, movimientos, proyectos de equipo…. Aunque en estos contextos se suelen formar jerarquías, crean un sentimiento de lealtad y hermandad en los hombres.

El mito feminista de que los hombres se insultan cuando muestran rasgos femeninos, porque consideran inferiores a las mujeres, no es más que eso, un mito. En realidad lo hacen porque las mujeres poseen una carta “comodín” que les da un valor intrínseco (sus úteros), y conservan ese valor aun cuando se alejan un poco de su género. Una mujer que se comporta como una mujer no se ve como alguien inferior; un hombre que se comporta como una mujer siempre ha sido visto, no como una mujer, sino como “una mujer sin matriz”. No tiene el valor de la mujer, ni tampoco el del hombre. Por tanto, no tiene NINGÚN valor. Y al contrario que las mujeres, cuando los hombres no eran “útiles”, eran desechados (y siguen siéndolo) por la sociedad.

Si consideramos la reproducción humana en términos monetarios, cada óvulo vale mil dólares, cada útero vale un millón, pero las eyaculaciones no pasan de los diez centavos. Para poder ser “material reproductivo” aceptable, y para que merezca la pena tenerle cerca, un hombre debía ser capaz de hacer mucho más que fabricar esperma. Y cuando lo único que impide que seas un individuo completamente desechable es aquello que te diferencia de lo femenino, es comprensible que los hombres lo impongan y lo refuercen.

Por eso los hombres siempre han tendido a definirse por sus papeles: padre, marido, trabajador, soldado, profesional, hombre de familia, hombre de clase media, político, activista, etc. En otras palabras: papeles que les permitieran identificarse con otros hombres que también los ocupasen, y así crear una identidad positiva y significativa al “desarrollar su masculinidad” a través de esos mismos papeles.

Y creo que esa podría ser la razón de que los índices de suicidio masculino se disparen tras el divorcio; a ese hombre no sólo le has quitado a sus hijos, a su mujer, sus bienes y buena parte de sus ingresos: le has arrebatado una enorme parte de la identidad masculina en la que se ha ido desarrollando.

Así que yo diría que para la mayoría de los hombres, el desarrollo de una identidad masculina positiva en relación a otros hombres requiere dos cosas: un papel masculino que se diferencie del femenino (o al menos un ambiente masculinizado) y positividad.

Antiguamente, los hombres podían conseguir una identidad masculina positiva a partir del matrimonio. Es decir: mediante el papel de esposo y padre, papeles respetados y exclusivamente masculinos. A medida que la sociedad considera esa identidad cada vez más superflua, obsoleta o, en palabras de Harriet Harman, “innecesaria para la cohesión social”, el hombre ya no puede utilizarla para postergar su desechabilidad.

Es más: cuando esa identidad se le puede arrebatar de manera unilateral, por capricho de una mujer cada vez más voluble y más difícil de satisfacer, incluso aunque no haya hecho nada malo, el matrimonio deja de ser una forma positiva de que los hombres se definan como tales. Termina por ser una manera de definirse como un bobo y un idiota, y nadie quiere ser bobo ni idiota.

Es más: tanto en las series de televisión como en las comedias románticas, los anuncios televisivos, las vallas publicitarias… el papel de marido/padre se está convirtiendo cada vez más a menudo en el papel del bufón incompetente de una esposa inteligente y descarada, o incluso de un hijo. En los medios ya no se muestra NADA noble ni respetable acerca de los maridos ni de los padres.

Es más: cuando los papeles internos del matrimonio se vuelven casi imposibles de distinguir, casi intercambiables, el papel del hombre se va volviendo cada vez menos… exclusivamente masculino. No es más que un papel. Puede ser un camino que lleve a la realización personal (si tiene suerte), y un camino que desee recorrer y abrazar, pero no es necesariamente un camino para definirse COMO HOMBRE.

Así que podemos tachar ese elemento de la lista, incluso para los hombres completamente ignorantes sobre las leyes de divorcio. El matrimonio y la paternidad ya no son un camino fiable hacia una identidad masculina positiva. Ni es positivo, ni se diferencia significativamente del femenino.

El lugar de trabajo es otro entorno que ha perdido, en gran parte, su masculinidad. Y no pretendo decir que las mujeres lo hayan echado todo a perder. No se trata de la presencia femenina, sino de los cambios que muchas mujeres imponen en el entorno y la interacción laboral, cuando quieren entrar en ese mundo. Un espacio masculino, que lleve a una identidad masculina positiva, no necesita estar libre de mujeres, pero sí que necesita ser masculino; los hombres necesitan un ambiente que se adecue a su psicología, no uno en el que se vean obligados a castrarse (metafóricamente hablando) para no meterse en problemas con Recursos Humanos. Y con esto no me refiero a las palabras obscenas ni a las expresiones de sexualidad, sino a la agresividad, la ambición, las tomaduras de pelo, la competición, la pasión, la autoridad y las palabras directas. Es muy común recomendar que “esas cosas no se hagan en presencia de mujeres”, para respetar sus sentimientos y evitar que se sientan incómodas. La franqueza en el discurso se sustituye por normas propias de un salón de té, y la ingenuidad se sustituye por el protocolo. Todo ello hace que un lugar de trabajo feminizado, aunque tolere a los hombres, ya no pueda ser el camino hacia una identidad MASCULINA positiva.

Como ya no es un espacio masculino, y ya no atrae a la psicología masculina, el lugar de trabajo se ha convertido en una escalera que cada vez menos hombres quieren subir para construir su identidad. Si unimos a esto el hecho de que ponemos obstáculos a los hombres mediante la paridad y la discriminación positiva a favor de las mujeres… es lógico que a un gran número de hombres no les seduzca la idea de trabajar en un entorno que no alimenta su naturaleza, y que les tiende trampas para que fracasen; cuando desaparecen las motivaciones y recompensas psicológicas exclusivamente orientadas al hombre, cada vez más hombres terminan por abrir los ojos y ser conscientes de los aspectos negativos de la esclavitud del trabajo. Y esa pastilla, una vez la tomas, ya no se puede escupir.

En cualquier espacio al que acuden los hombres, y en el cual las mujeres hayan conseguido penetrar y exigir cambios, es fácil ver a muchos hombres que ceden terreno y terminan por perder su motivación para estar allí. Y repito que no se trata de la presencia de mujeres, sino de la necesidad obligada de cambiar tu comportamiento para poder mantener el decoro en su presencia, y de los cambios de funcionamiento que suelen exigir las mujeres. Es la expectativa de que el ambiente y los hombres se ajusten a las necesidades de las mujeres, en lugar de esperar que las mujeres se ajusten al ambiente.

Quedan algunos bastiones de masculinidad; lugares en los que las mujeres son bienvenidas hasta que empiezan a exigir que el ambiente cambie en su favor; en ese momento los hombres empiezan a protestar. Se puede comprobar esa tolerancia masculina incluso cuando las mujeres entran en el baño de hombres cuando la fila para el baño de mujeres es demasiado larga. No pasa nada hasta que una mujer se ofende de que los hombres se comporten como se comportan en el servicio, por tirarse un pedo o mear en su presencia.

¿Dónde se están refugiando los hombres? En Internet, y en los escasos espacios masculinos que no han modificado sus normas de conducta para adecuarse a la naturaleza de la mujer que se ofende con facilidad y necesita consuelo. El MRM, que une a la comunidad mediante un conjunto de ideales y valores, que permite a sus miembros definir su masculinidad independientemente de la aprobación de las mujeres, o de la sociedad. Un lugar en el que las palabras y las ideas son más importantes que el tono o la sonrisa que hay tras ellas.

También la comunidad de artistas de la seducción, con su jerarquía y sus objetivos exclusivamente masculinos. En ella se permite y se fomenta la competición y la cuantificación de los logros, en la que los hombres pueden admirarse y aconsejarse, en la que importa poco lo que las mujeres dicen que quieren. La sociedad no les funcionaba, así que han inventado su propia sociedad y la dirigen según sus propias normas.

Los videojuegos y sus foros: en los encuentros online, negarte a controlar tu lenguaje se considera misoginia, pero a los hombres eso les suele dar exactamente igual.

Los MGTOW [Hombres que van por su propio camino], que han tomado una decisión en base a un análisis realista de lo que pueden obtener en la sociedad, y que conservan el respeto por sí mismos, no cumpliendo las expectativas sociales, sino ignorándolas expresamente.

También en la cultura de juntarte con los amigos para beber cerveza y jugar a la consola; en los trabajos de media jornada que los hombres toleran pero que no les importan mucho.

También en el ginocentrismo: los manginas y caballeros blancos que suplican y consiente cualquier capricho femenino, incluso cuando son desagradables o amorales, distinguiéndose así DE lo femenino por su ciega adoración HACIA lo femenino.

¿Y por qué? Porque TODOS los caminos “aceptados” que llevan a una identidad masculina positiva (los caminos respaldados por la sociedad, de los que la sociedad depende) han desaparecido. Incluso si los hombres no son conscientes de ello, lo saben instintivamente, en sus entrañas. Los hombres siempre han estado dispuestos a trabajar, a sacrificarse, a sudar y a sangrar, siempre y cuando se les recompensase con una forma de considerarse a sí mismos merecedores de respeto. Pero una vez que todos los roles en los que la sociedad quiere meterte ya no son formas de respetarte a ti mismo, ha llegado la hora de descartar esos roles.

Y algo que jamás entenderán los apexuales [aquellos cuya identidad depende de su posición jerárquica] de la cima, como Bill Bennett y Obama; las feministas como Kaye Hymowitz y Katie Roiphe; y las tradicionalistas como Suzanne Venker, es que la utilización de la vergüenza y la humillación para intentar coaccionar a los hombres y que hagan lo que se espera de ellos ya no va a funcionar. Porque, aunque es posible forzar a un hombre para que dé su vida por su país si se le promete respeto a cambio, es completamente imposible forzarlo a partirse la espalda trabajando y poner en riesgo su futuro, sin darle a cambio nada más que el placer de poder mirarse al espejo y ver a Homer Simpson o a Ray Barone.

Cuando el coste de la aprobación social es el respeto por uno mismo que se deriva de una identidad positiva, para muchos hombres esa aprobación deja de valer la pena.

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El Ratel ("The Badger") has helplessly seen the rise of politically correct nonsense, inclusive language and feminist ideology in his native country, Spain. After getting in contact with the MRM and antifeminist ideas, his attempts to talk about it were met with disdain and disgust. That is why he adopted a secret identity and started doing what he does best: spreading information by means of writing and translation.

El Ratel ha presenciado el auge de las estupideces políticamente correcta, el lenguaje inclusivo y la ideología feminista en su país natal, España. Tras entrar en contacto con las ideas del Movimiento por los Derechos del Hombre y el antifeminismo, sus intentos por hablar de ello fueron recibidos con desdén y desprecio. Por eso, tomó la decisión de adoptar una identidad secreta y hacer lo que mejor se le da: difundir información a través de la escritura y la traducción.

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