Los peligros del enfoque ideológico

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Traducción de un video y un artículo original de GirlWritesWhat, publicado el 16 de octubre de 2013. Transcripción de El Ratel.

Hace poco, en el subforum de Reddit sobre derechos masculinos, un usuario preguntó por qué tantas personas, sobre todo feministas, tienen la firme y errónea convicción de que los activistas por los derechos de los hombres creen que los hombres están oprimidos por las mujeres, que las mujeres oprimen a los hombres. He visto aparecer esa falacia del hombre de paja [argumento falaz que consiste en exagerar o tergiversar la posición del rival para facilitar la crítica; es decir, no atacar realmente al contrario, sino al hombre de paja] bastantes veces, al leer críticas feministas al movimiento de los hombres. Y también es cierto que me he cruzado con algunos defensores de los hombres, algunas personas de la “manosfera”, que parecen creer de verdad que las mujeres, como grupo, oprimen a los hombres, como grupo; y puede que existan unos pocos que afirmen que el mundo siempre ha funcionado de esa forma. Pero la inmensa mayoría de las personas que intentan concienciar sobre la discriminación a la que se enfrentan hombres y niños… no piensan así. Muchos, y sin duda muchos de los más reflexivos, tratamos de evitar palabras cargadas como “opresión” al hablar de los roles y las expectativas de género, tanto en el pasado como en el presente. Si bien esas normas sociales pueden dar lugar a una opresión, sobre todo en sentido legal, a la expectativa de tener que pagar en una cita yo no la llamaría exactamente opresión, y tampoco a la presión de depilarte las piernas debido a los estándares de belleza occidentales.

Estas feministas argumentan en contra de un hombre de paja (al menos en parte), y el debate suele ser más o menos así:

MRA: No creo que las mujeres estuvieran realmente oprimidas en base a su sexo, o por lo menos no más que los hombres.

Feminista: Así que dices que las mujeres oprimen a los hombres. LOL

Y también puedes encontrarte con variantes de estas estupendas falacias:

MRA: Es injusto que prácticamente todos los fondos y ayudas para las víctimas de violencia de pareja vaya a parar a las mujeres víctimas.

Feminista: Lo que quieres es cerrar los refugios para mujeres maltratadas y legalizar que los maridos peguen a sus mujeres.

MRA: Aproximadamente el 50% de las víctimas de violencia de pareja son hombres, y aproximadamente el 50% de los perpetradores son mujeres.

Feminista: O sea que dices que los hombres son las auténticas víctimas de la violencia doméstica. LOL

MRA: Los casos de violación durante una cita son muy difíciles de probar judicialmente, por su propia naturaleza. Eso no quiere decir que haya que seguir eliminando las protecciones legales de los acusados.

Feminista: Lo quieres es que los violadores queden sin castigo; haces apología de la violación.

Es verdad que he condensado un poco estas conversaciones y las he reducido a su esencia; a menudo, aunque no lo digan directamente, nos están adjudicando esas intenciones, esas motivaciones y ese conjunto de creencias.

Y no se trata de un fenómeno limitado a usuarios de Twitter que han aprendido feminismo en la página web Jezebel. Aquí tenemos una joya de Michael A. Messner, académico feminista y “experto” en el ámbito de los estudios del hombre, que lo representa bastante bien:

“A finales de los años 70 y a principios de los años 80, los defensores de los derechos de los hombres afirmaban que los hombres eran LAS VERDADERAS [mayúsculas de GirlWritesWhat] víctimas de la prostitución, la pornografía, las expectativas en las citas amorosas, las convenciones sexistas de los medios, los acuerdos de divorcio, las denuncias falsas de violación, el acoso sexual e incluso la violencia doméstica.” De su libro La política de la masculinidad: Los hombres y sus movimientos.

¡Qué diferencia suponen esas dos palabras (“las” y “verdaderas”) cuando se colocan una junto a la otra! Que los hombres sean “las verdaderas víctimas” de X, Y o Z implica que las mujeres no son a su vez víctimas de X, Y o Z. Eso, sencillamente, no es un reflejo fiel de lo que piensan el 99% de los MRA. La verdad es que los hombres pueden ser (y a veces lo son) víctimas de discriminación o explotación en el ámbito de la prostitución, la pornografía, las expectativas en las citas amorosas, las convenciones sexistas de los medios, los acuerdos de divorcio, las denuncias falsas de violación, el acoso sexual y la violencia doméstica, pero la mayoría de las veces la discriminación o explotación que sufren ellos adopta una forma distinta a la que sufren las mujeres, y tienen diferentes motivos.

Y no es ninguna revelación que las mujeres también pueden ser víctimas de discriminación o explotación en esos mismos ámbitos, así que, ¿cómo pueden interpretar las feministas la afirmación de que “Los hombres también son víctimas” como si quisiera decir “Los hombres son las únicas víctimas”, o “las víctimas reales”, o “las verdaderas víctimas”, excluyendo a las mujeres, como si nosotros pensáramos eso de verdad?

Afirmar que los hombres sufren discriminación institucionalizada, a menudo en esferas distintas, y basada en estereotipos diferentes de la discriminación que sufren las mujeres, se traduce en la mente feminista como una negación de que las mujeres sufran discriminación alguna. Apoyar la concienciación y las ayudas a los hombres maltratados se traduce en la mente feminista como un plan para desmantelar las protecciones para la mujer que existen actualmente. Afirmar que en el “poder económico” también se incluye el poder de gastar dinero, o de que otros se lo gasten en ti, además del poder de ganarlo, se traduce en la mente feminista como una especie de afirmación general de que las mujeres tienen todo el poder económico y que los hombres no tienen ningún poder.

Y después nos acusan a nosotros de no tener en cuenta los matices ni la complejidad; de tratar los problemas de género como un “todo o nada”. No creo haber visto una mentalidad tan “blanco y negro” (ni siquiera cuando mis hijos eran pequeños) como durante mis discusiones con las feministas, ni tanta proyección en los demás de sus propias actitudes intolerantes y defectos intelectuales.

Creo que estaremos todos de acuerdo en que los matices no son el punto fuerte de las feministas. Recordemos: hombre malo, mujer buena, hombre malo, mujer buena; enjabonar, enjuagar y repetir. ¡Ojalá las cosas fueran así de sencillas! Pero aun así las tratamos como si lo fueran. Pese a las abrumadoras pruebas que desmienten desde hace mucho este “hecho”, seguirán afirmando que la gran mayoría (a menudo representada como el 95% o más) de la violencia de pareja, el abuso infantil y las conductas sexuales inapropiadas son perpetradas por hombres, y cualquiera que señale pruebas que demuestren lo contrario será declarado “lleno de odio y sexismo hacia la mujer” o “un quejica que quiere la conversación gire sólo en torno a los hombres” por bandas de internautas feministas.

Y al mismo tiempo no consideran que difundir el mito (basado en pruebas defectuosas, parciales o inexistentes) de que los hombres son los causantes de prácticamente toda la violencia interpersonal a nivel mundial, sea en absoluto “odio” ni “sexista” hacia los hombres; y expulsan constantemente a las víctimas masculinas de debates sobre problemas que en realidad afectan más a los hombres que a las mujeres: mutilación genital, violencia callejera o acoso online, por ejemplo.

¿Promover la idea equivocada de que los hombres son excepcionalmente capaces de hacer el mal? ¡Eso es luchar por la igualdad! ¿Promover el hecho, establecido empíricamente, de que las mujeres no son siempre ángeles inocentes y pacíficos en según qué contextos? ¡Serás misógino! ¿Intentar concienciar al público de problemas que afectan desproporcionadamente a los hombres? Madre mía, revisa tus privilegios, shitlord [insulto típico de las feministas hacia cualquier hombre que las critique. Podríamos utilizar “machirulo”, que está muy de moda].

Como mujer comprometida con la defensa de hombres y niños que soy, las feministas me han acusado de muchas cosas: de ser una mujer maltratada con síndrome de Estocolmo; de querer llamar la atención y estar desesperada por conseguir la aprobación masculina; de ser una estafadora que pretende que los hombres crean que tienen problemas inexistentes, para ganar dinero con ello; de maltratar a mis hijos y a mi novio; de ser la marioneta de algún hombre; de querer encerrar de nuevo a las mujeres en la cocina; de dedicarme a la prostitución; de ser una traidora a mi género; de tener problemas mentales, y toda una serie de interesantes conjeturas. Ninguna es cierta, pero todas ellas daban a las feministas un permiso moral para descartar o ignorar completamente cualquier cosa que yo tenga que decir.

¡Y os sorprendería saber cuánto sexismo hay en esos insultos! Quieren destruir todos los estereotipos sobre la mujer, ¿y al mismo tiempo me dicen que no me gusta lo que dice Christina Rad, ZOMGitsCriss, porque me parece más guapa que yo y me da envidia? Vamos, señoritas, seguro que se les ocurre algo un poco menos sexista.

Así que he estado intentando comprender cómo y por qué las feministas piensan y se comportan de esa forma, y creedme si os digo que no mola nada meterse en el cerebro de una feminista, pero su gimnasia mental es bastante interesante. Por ejemplo: el “privilegio masculino” es algo generalizado y que beneficia a todos los hombres; el “privilegio femenino” no existe. Así que si una mujer presenta una denuncia falsa por maltrato para poder asegurarse la custodia de los hijos en el divorcio, y el sistema judicial no la castiga de ninguna forma cuando descubre la mentira, y de hecho le deja beneficiarse de su uso fraudulento de los procesos legales… eso en realidad es misoginia, ¿no lo sabías? Porque se basa en estereotipos dañinos sobre las mujeres, considerándolas cuidadoras, débiles, frágiles e incapaces de controlar sus acciones.

Y cuando su marido acaba en la cárcel sin un juicio justo y pierde a sus hijos, todo ello por la palabra de una mujer a la que el tribunal familiar le da todo lo que quiere, eso no tiene nada que ver, claro está, con estereotipos dañinos sobre los hombres, que los consideran violentos, violadores y abusadores sexuales de niños, estereotipos que son reflejo de una misandria cultural institucionalizada y legalizada, todo lo cual es perpetuado y reforzado por las teorías feministas de la violencia interpersonal. No, eso no puede ser, porque “la misandria no existe”. Deja de culpar a las mujeres de todos tus problemas.

Y lo más gracioso es comparar estas actitudes. Me parece tremendamente interesante que tantas feministas afirmen que la sociedad rezuma misoginia, y que insistan en que eso no quiere decir que echen la culpa de todos los problemas femeninos a los hombres. Pero al mismo tiempo, desde su punto de vista, considerar siquiera que la misandria exista equivale a culpar a las mujeres de todos los problemas masculinos. Ahí tenéis un gran ejemplo de congruencia feminista, o tal vez de proyección.

Veamos otros bonitos ejemplos de coherencia de la retórica feminista: según ellas, los hombres sufren por culpa de la socialización cultural de la masculinidad, que es lo que ellas llaman “El Patriarcado también hace daño a los hombres”, pero al mismo tiempo, los hombres no sufren discriminación ni marginación alguna debido al hecho de ser hombres, y sólo pueden experimentar discriminación en base a algún otro aspecto de su identidad, como la raza o la orientación sexual. Sí, habéis oído bien: los hombres experimentan problemas debido a las expectativas culturales de la masculinidad, pero ninguno de sus problemas se atribuye al hecho de ser hombre. Si los matices no son el punto fuerte del feminismo, está claro que la coherencia no está siquiera en su repertorio.

Así que, resumiendo la postura feminista, la situación de un hombre con problemas forma parte del Patriarcado, y el Patriarcado es contra lo que luchan las feministas, así que los hombres deberían apoyar el feminismo, porque las feministas combaten el Patriarcado. Bueno, menos cuando no hacen nada, o peor, cuando luchan por reforzar e institucionalizar estereotipos dañinos anti-masculinos mediante sus investigaciones, escritos, campañas educativas y presión legislativa.

Yo me imagino que a nadie le gusta que lo responsabilicen por las cosas malas que hacen (ellos mismos o sus amigos), sobre todo si toda su identidad gira completamente en torno a sentirse moralmente superior a los demás. Pero es absolutamente fascinante que las feministas sean casi tan ignorantes sobre lo que hace su propia hermandad (en la teoría y en la práctica) que sobre las ideas y objetivos del Movimiento por los Derechos de los Hombres. ¿Es ignorancia deliberada, o una extraña enfermedad mental? ¿Estupidez? ¿Fe ciega? Quién sabe.

Puede que esté empezando a entenderlo. Como muchos sabréis, hace poco participé en un mitin en Toronto sobre la crisis de los hombres y los niños, y fui testigo del ejemplo menos sutil que os podáis imaginar de este mismo fenómeno. Apareció un grupo de manifestantes que llevaban pancartas de una organización queer anarquista, ya desaparecida, llamada Bash Back, acusándonos a gritos con un megáfono rosa: “¡Sexistas, racistas, anti-gays, MRA, fuera de aquí!” “¡Estamos aquí, somos queer, somos feministas, no nos jodáis!” y esta joya: “¡Vuestras hijas deberían avergonzarse de vosotros!”. Uno de ellos llevaba una pancarta que advertía al lector que “Escuchara a las mujeres”.

Las mujeres y minorías visibles que formaban parte de nuestro grupo; el hecho de que la MRA más conocida del mitin (yo, probablemente) fuese en apariencia una mujer bisexual; el hecho de que uno de los ponentes fuese un trabajador social especializado en proporcionar alimento, refugio y fondos a personas marginadas y enfermas del colectivo LGBT… todo eso les pareció irrelevante. Incluso después de que les indicásemos esos errores a los manifestantes, continuaron acusándonos de racismo, sexismo y homofobia, ensuciando un monumento a los soldados caídos en el proceso —precioso, simplemente precioso. Joder, siguieron incluso cuando les devolví sus propias palabras: “¡Estoy aquí, soy queer, escuchad a las mujeres!”.

Después del mitin, un realizador de documentales que había grabado el evento me preguntó por qué pensaba que los manifestantes se habían comportado de esa manera. Una parte de mis conclusiones tuvo su origen hace un año más o menos, debido a la incomodidad que sentí cuando me di cuenta de que iba a tener que dejar a un lado cualquier convicción propia sobre cómo debería ser la sociedad, si quería mantenerme objetiva. En ese momento empezaba a darme cuenta de que, si creía que había encontrado “la solución”, dejaría de hacerme preguntas, o sólo haría aquellas preguntas que me llevasen a donde yo quería ir. Ya me había sorprendido a mí misma queriendo ignorar pruebas que desafiaban mis conjeturas, únicamente porque no facilitaban mi visión utópica del mundo.

Así que le dije al realizador que yo creía que los manifestantes se comportaban de esa forma porque estaban atrapados dentro de un marco ideológico. Es básicamente un marco de conflicto de clases: marxismo reciclado y aplicado al género, con los hombres en el papel de la burguesía y las mujeres como proletariado. Este es el modelo mediante el que ven la sociedad, cómo funciona y por qué funciona así. Los hombres son la clase opresora; las mujeres, la clase oprimida. Simplicidad de parvulario, respuestas fáciles y sin espacio para hacer preguntas de verdad.

Creen que han localizado el problema: el problema es el Patriarcado. Los hombres, la clase de los opresores privilegiados, y las mujeres, y más recientemente el colectivo LGBT, como la clase oprimida. Para ellos, el Patriarcado es el agente causal que hay detrás de toda norma y expectativa de género perjudicial, y es incluso la fuente última de toda discriminación, incluido el racismo. Su solución al problema es desmantelar el Patriarcado, lo cual implica empoderar a las mujeres, al colectivo LGBT y a otros grupos que no sean masculinos, blancos, heterosexuales, cis-género, sin discapacidades, físicamente atractivos o con cualquier otro tipo de ventaja; y concretamente eliminar el dominio y el privilegio masculino. Cualquier esfuerzo por empoderar a un grupo, o incluso a un individuo, que ellos crean que YA se beneficia de un sistema que le da ventajas injustas, supone apoyar al Patriarcado. Y por eso, dicho esfuerzo, por definición, le quita poder a las mujeres, e incluso hace daño a aquellos hombres que, para ellos, están marginados por algún factor distinto de su masculinidad.

Lo que es más, están metidos tan a fondo en la ciénaga intelectual del modelo género-marxista, que no pueden siquiera concebir el sexismo o los asuntos de género dentro de ningún otro modelo, ni tampoco tolerar que otros lo hagan. Y por eso se produce tantísima resistencia a cualquier indicación de que existe discriminación institucional —auténtico sexismo según su definición (discriminación apoyada por las autoridades)— contra los hombres. Porque por mucho que digan que no creen en un sistema de género exactamente binario, VIVEN dentro de un sistema binario en el que los hombres sólo pueden tener ventajas, y las mujeres, sólo desventajas. Y por culpa de ese modelo de sexo opresor y sexo oprimido, cualquier afirmación de que las mujeres no están oprimidas por los hombres, la interpretarán como una afirmación de que los hombres están oprimidos por las mujeres. Para poder mantener el marco ideológico, alguien tiene que oprimir a alguien. Y está claro que las mujeres no podrían ser las opresoras, porque ya sabemos que hombre malo, mujer buena, hombre malo, mujer buena.

Proteger este modelo, en vista de nuestra creciente comprensión de la naturaleza y el comportamiento humanos, sobre todo en lo concerniente a problemas como la violencia familiar y sexual, les obliga a llevar a cabo impresionantes piruetas intelectuales y retóricas, para poder mantener en pie su mensaje. Casi siempre reformularán la discriminación negativa contra los hombres como un subproducto o un efecto secundario adverso de la misoginia, y a veces lo llamarán “misoginia secundaria”. Y eso es lo más peligroso de todo, porque si son capaces de tergiversar una situación en la que un hombre está siendo oprimido por el sistema, un hombre que, por ejemplo, ha sido encarcelado sin un juicio justo por culpa de la acusación de una mujer, y decir que eso es misoginia, entonces da igual cuántas pruebas les puedas enseñar de que los hombres ya no son (según sus términos) una clase opresora, de que los hombres ya no tienen ventajas sobre las mujeres.

Harán siempre lo mismo, darle la vuelta y convertirlo en una forma de misoginia, para poder mantener siempre la creencia de que las mujeres están en el fondo de la jerarquía humana, sin importar cuánto caigan los hombres en esa escala. Me lo puedo imaginar incluso en esa utopía feminista en la que sólo el 10% de la población son hombres, porque cada uno de esos hombres tendría un cierto poder sexual, amplificado por el hecho de que son muy pocos, y ellas aun así lo traducirían como “hombres con poder”: los hombres seguirían estando en el poder, y las mujeres estarían oprimidas por no tener acceso inmediato a un hombre cuando les venga en gana. Podría producirse la situación inversa de El cuento de la criada [novela distópica de Margaret Atwood] y seguirían afirmando que los hombres tienen el poder, y eso da mucho miedo, porque quiere decir que no hay límite. No hay final a la vista.

La “teoría del punto de vista” les permite redefinir las percepciones como una clase de realidad; sostienen básicamente que las experiencias y percepciones de todas las personas son igualmente válidas, y por lo tanto, igualmente reales. Esta teoría se desarrolló para poder eliminar el requisito de pruebas empíricas, de evidencias que apoyasen los sentimientos y la visión del mundo de las personas. Para ello también hizo falta desarrollar otras herramientas filosóficas, como la “problematización” y la “objetividad fuerte”, las cuales les dan permiso para ignorar cualquier punto de vista que desafíe su paradigma fundamental, si dicho punto de vista lo presenta la “persona equivocada”.

La “problematización” consiste en no dar importancia a la veracidad o validez de una afirmación, priorizando por el contrario la identidad personal y política de la persona que hace esa afirmación, sus motivos (percibidos) e intenciones (deducidas), además de a quién podría beneficiar o dañar dicha afirmación. En esencia, es una variante de la falacia ad hominem [falacia que consiste en criticar a la persona, no al argumento] o incluso de la falacia del hombre de paja, a la que se le da legitimidad dentro del mundo académico. ¿Se han descubierto nuevos datos que te resultan incómodos? Basta con gritar “¡Sólo dices eso porque odias a las mujeres!”. Increíblemente, es una herramienta retórica válida, y con eso el problema queda resuelto. A partir de ahora, cualquier cosa que diga un hombre puede ser rechazada directamente, sin que importe lo relevante o empíricamente sólida que sea, únicamente porque es un hombre, y sus intenciones están abiertas a la interpretación.

¿Lo veis? Ni siquiera nos hace falta considerar su punto de vista como válido, debido a su identidad, a quién es.

La “objetividad fuerte” funciona de manera parecida. Es la idea de que el método científico, y la mayor parte de la investigación científica, se produjeron durante una época de dominio masculino blanco heterosexual en dicho campo, y por lo tanto son inherentemente tendenciosos y prejuiciosos; están cargados de prejuicios culturales intrínsecos. Y yo estoy de acuerdo en que la investigación basada, por lo menos en apariencia, en el método científico, puede estar increíblemente llena de prejuicios. Lo podemos ver en la investigación sobre circuncisión, sobre violencia doméstica, y en muchos otros ámbitos. Dependiendo de la herramienta metodológica utilizada, e incluso si se utiliza el método científico durante una investigación, si deciden controlar unas variables sí y otras no, el método científico sólo se aplica en apariencia, pero de forma sesgada; y eso suele distorsionar los resultados de forma catastrófica.

Sin embargo, la “objetividad fuerte” sostiene que la investigación debe enfocarse desde el punto de vista inicial de la vida de la mujer. Eso, sencillamente, es empezar la casa por el tejado. No averiguamos cómo es la vida de la mujer mediante la investigación; decidimos a priori cómo son las vidas y las experiencias de las mujeres y después arrancamos desde ahí y llevamos a cabo la investigación desde una perspectiva sesgada. Esta descripción se ajusta a muchísimas investigaciones feministas, que durante décadas han extendido la mentira de que la violencia doméstica no sólo es sexualmente unidireccional, sino que se cimienta en las posiciones políticas relativas de los hombres y las mujeres dentro de la sociedad. Es muy insultante afirmar que se es “fuertemente objetivo”, cuando es evidente que se está siendo parcial. Es de retrasados mentales. Pero, como ya he dicho, se trata de una herramienta válida en el ámbito académico; es un concepto válido de la filosofía feminista y posmoderna.

Otras herramientas intelectuales posmodernas y feministas le han dado la vuelta completamente al discurso racional, y se podría decir que han entrenado a los estudiantes para que crean (igual que lo creyeron algunas feministas, en el campus de la universidad de Toronto y en la calle Commercial Drive de Vancouver, al enfrentarse a John The Other y sus posters) que acallar las opiniones contrarias es una muestra de libertad de expresión. Así que estamos dándole la vuelta a la realidad, y todo ello está legitimado académicamente; eso es lo que da más miedo: que estas tonterías hayan sido validadas por las universidades, y que incluso se enseñen a miles de jóvenes impresionables, como si fuesen ramas legítimas de la investigación, la filosofía y el discurso. No sólo el modelo género-marxista del Patriarcado, sino también todas esas pequeñas herramientas tan geniales que van dentro del mismo paquete, para que las feministas puedan seguir ignorando pruebas contrarias, atribuyéndole malas intenciones a la persona que las presenta, o afirmando que una investigación neutral en cuanto al género es menos objetiva que otra que se centre en las experiencias de la mujer. Esta es la rama de la filosofía que tacha el Principia mathematica de Newton, un tratado sobre cálculo, de ser un “manual de violación”, y que declaró que e=mc2 es una “ecuación sexuada”.

¿Y por qué tienen que hacer todas estas cosas? Cuando se les desafía con pruebas o ideas contrarias, se muestran reticentes o directamente incapaces de reevaluar su conjunto básico de suposiciones, y el marco teórico en el que existen. Es como decirle a una persona devotamente religiosa que Dios y el Demonio no existen. Simplemente, no lo va a aceptar, no va a cambiar su visión del mundo, y no importa cuántas pruebas aportes. No van a hacerlo, no van a cambiar su forma de ver el mundo. Y este pensamiento binario, en blanco y negro, este sistema binario de hombre-mujer, opresor-oprimida, sencillamente no lo van a querer soltar. De manera que han creado e inventado todas esas justificaciones que “suenan oficiales”, para poder ignorar todas las pruebas, para poder proteger y perpetuar su visión del mundo. Están encadenados intelectualmente a una ideología y a un marco teórico, y seguirán añadiendo capa tras capa de ofuscación, falsedad y retórica hostil para mantener a raya cualquier amenaza, para silenciar cualquier pregunta. Parafraseando un comentario en A Voice for Men, las feministas ideológicas parecen no ver 1984, la novela distópica de George Orwell, como una advertencia, sino como un manual de instrucciones.

Y lo más difícil de todo esto, para los que más o menos vemos lo que está pasando, es que no son los detalles los que producen tanta resistencia a los nuevos datos e ideas: las feministas debaten sobre los detalles constantemente, y son puntillosas y discrepan y montan discusiones estridentes sobre esos minúsculos detalles. Se trata del marco teórico original. No son las cortinas: son los cimientos de la casa, la lente a través de la que miran. Y es muy fácil tapar con un poco de yeso la grieta de la pared, o poner un sofá sobre la zona levantada de la tarima; eso es lo que hacen cada vez que discuten sobre algún detalle. Resulta un poco más difícil convencerlas de que hace falta demoler por completo la casa y reconstruirla desde cero, porque el trabajo de ingeniería es defectuoso, el propio marco teórico es defectuoso, las reglas de la física que utilizaban eran incorrectas, y todo lo que van a conseguir es que aparezcan más grietas que van a tener que tapar con yeso, y más zonas levantadas en la tarima que tendrán que cubrir con muebles. Y lo prefieren así: prefieren tapar la grieta con “yeso de problematización”, o colgar un “cuadro de objetividad fuerte” sobre la mancha, y cuando el suelo se hunda lo rellenarán de “teoría del punto de vista”, en vez de volver a echar los cimientos y reconstruirlo todo desde cero. Y mientras tanto, seguirán insistiendo en que el esqueleto de la casa está perfectamente, y que decir lo contrario es opresión. Y sinceramente creo que, por eso mismo, no tiene sentido discutir con las feministas en privado: porque ven las cosas con una mente distinta, procesan el mundo de forma totalmente distinta, tienen un esquema psicológico completamente distinto en lo relativo a problemas de género, y son incapaces de adaptar sus teorías. Y ese es uno de los motivos por los que creo que el feminismo no puede, NO PUEDE redimirse ni corregirse. Tiene que ser totalmente descartado. Se basa en una premisa incorrecta, y dicha premisa corromperá hasta su último elemento, hasta que la propia premisa haya sido tirada a la basura.

Sin embargo, siempre es muy buena idea debatir con feministas a la vista de otras personas, y sobre todo en sitios como YouTube o en comentarios, donde mucha gente pueda verlo varias veces; porque cuanto más pongamos en evidencia la absoluta simplicidad de su pensamiento en blanco y negro, creo que más gente empezará a despertar y a darse cuenta de que los problemas de género son demasiado complicados como para definirlos en términos de “oprimido y opresor”, o para hablar siquiera de opresión. En Occidente, a menos que alguien vaya a la cárcel sin un juicio justo, no hay razón para llamarlo opresión.

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El Ratel

El Ratel ("The Badger") has helplessly seen the rise of politically correct nonsense, inclusive language and feminist ideology in his native country, Spain. After getting in contact with the MRM and antifeminist ideas, his attempts to talk about it were met with disdain and disgust. That is why he adopted a secret identity and started doing what he does best: spreading information by means of writing and translation.

El Ratel ha presenciado el auge de las estupideces políticamente correcta, el lenguaje inclusivo y la ideología feminista en su país natal, España. Tras entrar en contacto con las ideas del Movimiento por los Derechos del Hombre y el antifeminismo, sus intentos por hablar de ello fueron recibidos con desdén y desprecio. Por eso, tomó la decisión de adoptar una identidad secreta y hacer lo que mejor se le da: difundir información a través de la escritura y la traducción.

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