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El feminismo odia a la mujer. Parte 1: violación

Traducción de un artículo de GirlWritesWhat:

Traductora: E. V. In’Morales

Revisor: El Ratel

No hace mucho en la línea del tiempo de la civilización humana, una renombrada escritora feminista y activista anti-pornografia, Andrea Dworkin, escribió uno de sus trabajos más polémicos—Intercourse [“Coito”]. En él se postula que las relaciones sexuales —influidas por la cultura, la opresión patriarcal y la pornografía— son “la expresión formal, pura, estéril del desprecio de los hombres hacia las mujeres…”

No me malinterpretéis. La pornografía tiene muchos aspectos negativos, que se dan tanto en hombres como en mujeres. Abundan los problemas de imagen corporal, igual que lo harían en cualquier industria del entretenimiento repleta de maquillaje y de retoques, uno de ellos es la reciente moda de la depilación brasileña y de bikini, e incluso la labiaplastía; otro es la gran cantidad de anuncios de productos para la “mejora sexual masculina” que me llegan al buzón de spam. En este artículo de cracked.com se habla cómicamente sobre otro, afirmando débil pero correctamente que el sexo del porno no es “sexo real”. Yo he llegado al punto de decirle a mi hijo de 16 años que lo que se representa ante la cámara no siempre lo mejor.

Y no me malinterpretéis, estoy completamente dispuesta a admitir que ahí fuera hay hombres misóginos, y que su misoginia se manifiesta a través de sus actividades sexuales con la misma frecuencia que en su discurso y su comportamiento en público.

Sin embargo, con respecto a la insistencia de la Sra. Dworkin (y otras feministas) de que el porno “entrena” a los hombres para violar… Me veo obligada a concluir que esta teoría ha sido sólidamente desacreditada por nada menos que la Oficina de Estadísticas de Justicia, que informa que la violación ha descendido cerca de un 90% desde 1979.

Recordemos que es una época en la que el porno se catapultó desde los sucios e inaccesibles cines XXX y las películas de 8 mm hasta ser más accesible que nunca, a través de las cintas de vídeo y de Internet. Fue también un periodo durante el cual la protección contra la violación hizo que fuese más fácil que nunca que las mujeres denunciasen una violación, además de la llegada de una sana (o malsana, dependiendo del punto de vista que se tenga) cultura del ligue de una noche, en la cual muchas mujeres jóvenes se involucran en relaciones sexuales con hombres a los que apenas conocen. Y aunque nadie ha sido capaz de demostrar de manera concluyente que la disponibilidad universal del porno hoy en día es lo que realmente está dando al traste con la violación, resulta muy difícil dar crédito alguno a las predicciones de Dworkin y compañía, que en los años 70 vaticinaron nada más que violaciones, violaciones y más violaciones por todas partes, si se permitía que los hombres, en masa, pudiesen ver regularmente a gente follando en una película.

Pero contrariamente a los hallazgos de nuestros amigos de la Oficina de Justicia, de acuerdo con muchas académicas y activistas feministas, la violación está más desatada que nunca. De hecho, por si no lo sabían, vivimos en una total cultura de la violación. Y según la ley, tienen razón. Porque la definición legal del consentimiento se ha estrechado implacablemente, y la definición legal de la violación se ha ampliado, debido en gran parte a la teoría y la jurisprudencia feministas. Parecería que, si la epidemia de violaciones vaticinada no termina de llegar, la respuesta (para algunos) es fabricarla, a través de la criminalización de comportamientos que anteriormente se consideraban normales y legales.

¿Sexo alcoholizado? Eso es violación (dependiendo de a qué género pertenezcas, por supuesto). ¿Tocar a tu pareja mientras duerme, aun si ella lo pide? Agresión sexual ¿Insistir, molestar, quejarse y engatusar a una mujer para tener sexo? VIOLACIÓN.

Esta es una de las frases más concisas de la Sra. Dworkin: “A menudo la seducción es difícil de distinguir de la violación. Durante la seducción, el violador a menudo se molesta en comprar una botella de vino”.

Y otra: “Ninguna mujer necesita las relaciones sexuales; pocas mujeres escapan a ellas”.

No es de extrañar, considerando toda su obra, que muchos de sus críticos la acusaran de catalogar todas las relaciones heterosexuales como violación. Cuando la seducción es sinónimo de la violación, y la relación sexual es algo de lo que las mujeres deben “escapar”… esa acusación resulta completamente razonable. Debería resultar obvio concluir que la Sra. Dworkin odiaba a los hombres, y el hecho de que trabajó incansablemente para ayudar a construir una sociedad que también odiase a los hombres es una posición política que queda clara en cada una de sus palabras impresas; no es menos importante su afirmación de que “hacer el amor” es algo que solamente se logra cuando se deja el género de uno en la puerta del dormitorio. A juzgar por su lesbianismo y sus escritos, se puede suponer a qué género se refería.

Su guerra fue siempre una guerra contra la masculinidad, y una que debía lucharse en todos los frentes, incluso (y tal vez especialmente) en nuestras camas. La victoria solo podía ser conseguida a través de la desexificación del sexo, permitiendo que la política participase en nuestras relaciones más íntimas; a una sociedad en la que, aparte de los individuos involucrados, cualquiera pudiese asistir y juzgar fríamente qué actividades políticamente permitidas puedes realizar para correrte.

Y vamos por ese camino, por supuesto. Al menos, esa actitud es la que está empezando a reflejar la ley, a medida que el estado se abre camino hacia nuestros dormitorios.

Si estuviese lo bastante ensimismada, examinaría en detalle por qué el tipo de vida sexual que aprueban tanto la Sra. Dworkin como la ley no es el tipo de vida sexual que yo quisiera. Una vida sexual en la que mi pareja me pidiese permiso con cada avance en un encuentro sexual; una vida sexual de dulce y tierna reverencia por parte del hombre con el que me encuentre; una vida sexual en la que el género se quede al otro lado de la puerta; una vida sexual en la que no se folle; una vida sexual en la que siempre se te pregunte y nunca se te ordene, en la que siempre tengas que dar, en la que nunca te tomen.

Pero ese es un argumento para otro día. Hoy, voy a tratar de explicar algunas formas en las que el discurso y el activismo feminista con respecto al problema de la violación, perjudica a las mujeres. La primera se basa en la actitud arbitraria y desdeñosa del feminismo de academia hacia las experiencias reales de la mujer, para promover su campaña de fabricación de una epidemia de violaciones.

Sí, habéis oído bien. Las académicas feministas desestiman las experiencias y percepciones de la mujer. Vamos a examinar uno de los estudios sobre violaciones más citados: el estudio de 1985 de Ms. Magazine a cargo de Mary Koss, que determinó, basándose en una muestra aleatoria de tres mil personas, que 1 de cada 4 mujeres en edad universitaria en los EE.UU. han sido víctimas de violación o de intento de violación. En un artículo publicado tres años antes de este estudio, Mary Koss describió la violación como “un comportamiento extremo pero que está a la par con el comportamiento normal del hombre en la cultura”. En otras palabras, la violación no es una conducta desviada de ciertos individuos, sino que en esencia es sólo otra expresión “normal” de la sexualidad masculina. Como nuestra difunta amiga la Sra. Dworkin, la Sra. Koss está de acuerdo con la creencia de que la masculinidad no es sólo la raíz de toda violación, sino que la masculinidad es sinónimo de violación.

En el estudio, la violación se define como una “penetración no consentida con un dedo, un pene u otro objeto”. Para empezar, es una definición extremadamente amplia de violación. ¿Penetración con un dedo? ¿En serio? Por si fuera poco, la redacción de la pregunta 8 (la pregunta sobre drogas/alcohol), que fue responsable de casi la mitad de los resultados de violación, era ambigua hasta el absurdo, algo que Koss admitiría con posterioridad al ser presionada por la prensa.

Pero se pone mejor. Porque resulta que, de todas las mujeres que se determinó que habían sido violadas, únicamente el 27% se consideraban víctimas de violación. Sí, exactamente. Fueron los encuestadores, no los encuestados, los que decidieron quién había sido violada y quién no.

Cuando se corrigieron estas discrepancias, el número de mujeres en este estudio que habían sido víctimas de violación o de intento de violación bajó a 1 de cada 22. Sigue siendo inaceptable, especialmente si tú eres la mujer n.º 22, pero está claro que esa cifra no se habría ganado un sitio en las portadas de los periódicos nacionales.

Otro estudio hecho en 1992 por el Dr. Dean Kilpatrick, concluyó que 1 de cada 8 mujeres en los Estados Unidos sería víctima de violación forzada al menos una vez en la vida. Lo cual da bastante miedo, especialmente para las hordas de mujeres que optaron por no cursar educación superior, creyendo que así se mantendrían a salvo de esos violadores descontrolados de los campus universitarios.

Con el fin de evitar el incómodo conflicto que surgió en el estudio de Koss, en el cual las víctimas de violación eran ajenas al hecho de que habían sido violadas (¡qué incómodo!), Kilpatrick pensó que sería más prudente eliminar por completo esa pregunta. Sí, habéis leído bien. En un estudio para averiguar cuántas mujeres habían sido violadas, no creyó que “¿Alguna vez has sido víctima de violación?” fuese una pregunta lo bastante pertinente como para incluirla en una entrevista telefónica de 35 minutos. Al ser presionado por los periodistas de un pequeño y laureado periódico de investigación, acerca de por qué había omitido la pregunta en su estudio del millón de dólares, su respuesta fue que “si la gente cree que esa es una pregunta clave, que consigan su propia subvención y que hagan su propio estudio”.

Sólo que… ¿sabéis qué? Él ya había hecho ese estudio: un estudio en el que preguntaba explícitamente a las encuestadas si habían sido violadas. ¿Y a qué número llegó? Coincidencia de coincidencias: 1 de cada 20. Comprenderéis que ese estudio no le granjeó un lugar en la revista Time, mientras que su súper-escalofriante estudio de 1992 basado en la metodología de Koss/Dworkin hizo de él un nombre habitual entre feministas.

Lo que me lleva a la segunda forma en que el enfoque feminista de la violación perjudica a las mujeres: el feminismo quiere que las mujeres crean que la violación es tan frecuente que es prácticamente inevitable. Parafraseando a la Sra. Dworkin: “Ninguna mujer necesita [la violación]; pocas pueden escapar [a ella].”

¿Por qué las feministas querrían que las mujeres estuviesen más asustadas de lo que deben, si no es para enfrentarlas con los hombres —víctimas potenciales contra violadores potenciales— y para describir toda la sexualidad masculina como una patología que debe ser curada? Que la misma Koss afirmase que la violación está “a la par con el comportamiento normal del hombre” me dice que, de acuerdo a ella, la sexualidad masculina es como el cáncer: la “sexualidad masculina normal” sería la fase 1, y la violación sería la fase 4; la única diferencia es el nivel de gravedad de los daños.

Resulta revelador que el feminismo no aplique el mismo razonamiento al comportamiento sexual desviado de la mujer. Las mujeres que cometen abusos sexuales a niños, o que abusan de chicos adolescentes, son consideradas víctimas del patriarcado: la esclava que se convierte ella misma en su opresora por defensa propia; su comportamiento desviado queda separado de la [pura, aclamada, inocua, admirable] sexualidad femenina y se arroja al campo masculino, donde el comportamiento depredador, la dominación, el abuso y la violación son algo cotidiano. ¿Mujeres que violan a otras mujeres? Es la misoginia que han interiorizado a través de la opresión patriarcal. ¿Mujeres que violan a hombres? No existen.

¿Qué significa esto para la mujer común? Significa confusión, conflicto y miedo. Significa que muchas mujeres irán por ahí asustadas de todos los hombres, sintiéndose víctimas aun antes ser siquiera victimizadas. Significa que muchas mujeres sentirán  un escalofriante odio hacia sí mismas si descubren que unos buenos azotes las ponen cachondas. Significa que muchas mujeres estarán aterrorizadas por algo que es mucho menos probable que les pase de lo que se les ha hecho creer. No a causa de la realidad, sino a causa de la teoría y el activismo feminista, que básicamente les ha mentido.

Pero esto no es el final en absoluto, ya que incluso muchos expertos sensatos siguen describiendo la violación como un “delito excepcionalmente horrible”, y a menudo me he preguntado por qué lo hacen. ¿Qué hace de la violación —sin ningún otro agravante; el simple acto de ser sometido a sexo no consentido— “excepcionalmente horrible” si se compara con, por ejemplo, ser apuñalado, golpeado, secuestrado, o cualquier otra agresión a nuestra autonomía corporal? ¿Qué es lo que nos hace, como sociedad, calificar la violación como un delito tan malo que sólo el asesinato podría ser peor?

Si habéis leído mi artículo sobre el feminismo y el slut-shaming [atacar a una persona por su promiscuidad sexual], ya sabéis que opino que la violación sigue viéndose como algo excepcionalmente horrible debido a un conflicto entre la liberación sexual y el punto de vista victoriano sobre la honra sexual femenina, considerada como su principal valor en la vida, un valor sin el cual ella no es nada. Allá por 1850, la humillación y la devaluación personal que sufría una mujer cuando su honra sexual desaparecía eran muy prácticas y muy concretas, y las consecuencias para su futuro eran absolutamente funestas. De cualquier forma, ella ya no tenía ningún otro valor como mujer.

Pero ahora, en la década de 2010, ya no existe una razón lógica para que ninguna mujer se sienta avergonzada o devaluada como mujer debido a que la “santidad” de su sexualidad ha sido violentada, ya que la sexualidad de la mujer ya no se considera sagrada, y el concepto de la honra sexual ya no existe en la práctica. Considerando cómo han cambiado las opiniones de la sociedad sobre las mujeres que tienen sexo fuera del matrimonio, y el valor de las mujeres más allá del de esposas y madres, los sentimientos de miedo, trauma, agresión y victimización que se asocian a la violación deberían ser similares a los que se asocian a cualquier otra clase de agresión. No tiene ningún sentido lógico sentir vergüenza y pérdida de autoestima en un mundo en el que una mujer que tiene relaciones sexuales no es algo vergonzoso, y en el que no se asigna a su virtud sexual ningún valor real.

Sin embargo, a esta reacción a la violación (una reacción que es muy real para muchas mujeres, a pesar de no tener una base lógica) se le ha permitido dominar por completo el discurso público sobre la violación. De manera muy similar a cómo se ve limitada la discusión sobre la circuncisión masculina infantil, porque se pide que se hable de una forma menos abierta por consideración a quienes fueron circuncidados de pequeños, las discusiones sobre violación se ven limitadas porque se exige que todo el mundo vaya con pies de plomo, y que las mujeres que “superaron” el haber sido violadas permanezcan en silencio, para que las que no han superado la violación no se sientan aún peor. El resultado es que, cuando se discute sobre violación y cómo afecta a la mujer, el único diálogo que se permite es el de la vergüenza, el terror y la devaluación humana. Queda silenciada cualquier voz sincera, abierta, honesta o inquisitiva.

Y el hecho de que este diálogo se fomente una y otra vez por medio de la representación cultural popular de la violación como destructor psicológico y como humillación sexual para las mujeres… es como si el feminismo y la cultura popular no sólo quisieran que las mujeres sientan que una violación es algo casi inevitable, algo que está destinado a pasarles, sino que es, sin duda, lo peor que puede pasarles en la vida; que es una forma de agresión tan horrenda que literalmente debe cambiar la forma en que una mujer se ve a sí misma, y su valor para la humanidad, y que si la violan, que tiene algo de qué avergonzarse.

Lo cual me parece algo terriblemente cruel hacia las mujeres. Pero en la del feminismo radical moderno contra la sexualidad masculina, las mujeres perjudicadas por este engaño y esta manipulación emocional no son más que daños colaterales, peones en el juego político, y su sacrificio vale la pena.

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El Ratel ("The Badger") has helplessly seen the rise of politically correct nonsense, inclusive language and feminist ideology in his native country, Spain. After getting in contact with the MRM and antifeminist ideas, his attempts to talk about it were met with disdain and disgust. That is why he adopted a secret identity and started doing what he does best: spreading information by means of writing and translation.

El Ratel ha presenciado el auge de las estupideces políticamente correcta, el lenguaje inclusivo y la ideología feminista en su país natal, España. Tras entrar en contacto con las ideas del Movimiento por los Derechos del Hombre y el antifeminismo, sus intentos por hablar de ello fueron recibidos con desdén y desprecio. Por eso, tomó la decisión de adoptar una identidad secreta y hacer lo que mejor se le da: difundir información a través de la escritura y la traducción.
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